En 1998, en toda España vivían oficialmente solo 2.258 rumanos. Catorce años después eran casi 900.000. Entre esas dos cifras está la historia de unas personas que dejaron su casa sin saber lo que les esperaba y que, poco a poco, convirtieron un país extraño en un lugar propio.
Después de 1989, Rumanía atravesó años muy duros. Fábricas cerradas, sueldos que no llegaban a fin de mes, jóvenes que ya no veían futuro. Los primeros se marcharon a Alemania y Francia. Luego, a finales de los noventa, se abrió otro camino, hacia el sur. España tenía una lengua en la que los rumanos se reconocían con facilidad, un sol que recordaba a los veranos de casa y, sobre todo, necesidad de gente trabajadora.
Llegaron primero unos pocos, después sus familiares, después los vecinos del pueblo. Así nacieron las primeras comunidades, en Coslada y Arganda del Rey, junto a Madrid, y en Castellón de la Plana. En pocos años, en algunos barrios de Coslada se oía más rumano que castellano, y en Castellón los rumanos se habían convertido en la comunidad extranjera más numerosa.
El año 2002 lo cambió todo. Desde el 1 de enero, los rumanos ya no necesitaban visado para entrar en el espacio Schengen, y pocas semanas después España y Rumanía firmaban un acuerdo que permitía contratar directamente en origen. Miles de mujeres viajaron entonces a la campaña de la fresa en Huelva; los hombres, a las obras de Madrid y Valencia. En 2005, cuando España regularizó a los inmigrantes que trabajaban sin papeles, casi 96.000 rumanos consiguieron por fin un contrato en regla. Y el 1 de enero de 2007, Rumanía entraba en la Unión Europea. Los extranjeros de ayer pasaban a ser, sobre el papel, ciudadanos europeos con los mismos derechos.
En 2012, la comunidad alcanzó la cifra más alta de su historia: 897.203 rumanos. Casi uno de cada seis extranjeros que vivían en España era rumano.
Entonces llegó la crisis. La construcción se paró, las fábricas despidieron, y los rumanos estuvieron entre los primeros afectados. En solo tres meses, a comienzos de 2009, el número de rumanos en paro pasó de 44.000 a 71.000. Muchos hicieron las maletas: unos volvieron a Rumanía, otros siguieron camino hacia Inglaterra o Alemania. Parecía el final de una historia.
No lo fue. Los investigadores que los siguieron descubrieron algo que las estadísticas no mostraban: muchos de los que se habían ido volvieron a España. No porque aquí fuera más fácil, sino porque aquí habían dejado a sus hijos en el colegio, a sus amigos, a sus vecinos, sus costumbres. Para muchos, España ya no era solo el lugar donde trabajaban. Se había convertido en el lugar donde vivían.
Hoy viven en España más de 600.000 ciudadanos rumanos, y el número real de personas con raíces rumanas es mucho mayor: las estadísticas no cuentan a quienes obtuvieron la nacionalidad española ni a los niños nacidos aquí. Son médicos y conductores, empresarios y cuidadoras, profesores, cocineros, profesionales de todos los oficios. Algunos llegaron con una sola maleta; hoy tienen su propia empresa y dan trabajo a otros.
A lo largo de estos años, la comunidad ha construido todo lo que hace que un lugar se parezca a casa. Los rumanos se reúnen a rezar en sus iglesias, ortodoxas, católicas, pentecostales, adventistas, bautistas, en cientos de comunidades levantadas con el trabajo y las aportaciones de su gente, muchas veces en locales alquilados, hasta que pudieron tener un templo propio. Los niños aprenden la lengua de sus abuelos en los propios colegios españoles: España fue el primer país de Europa en acoger las clases de lengua, cultura y civilización rumanas, y hoy es el que más grupos tiene de toda la diáspora. Y cuando Rumanía los llama a votar, los rumanos de España hacen horas de cola, como en 2025, cuando más de 160.000 votos salieron de aquí en la segunda vuelta de las presidenciales.
Y, entre todo eso, la vida de cada día: la tienda de la esquina donde encuentras telemea (el queso de oveja de siempre) y zacuscă (la crema de verduras asadas que se prepara en otoño), la panadería donde el pan sabe al de casa y en Navidad se hornea cozonac, el peluquero que te pregunta por los tuyos, la comida en familia donde se habla en dos idiomas a la vez. Son lugares pequeños, pero sin ellos España nunca habría llegado a ser casa. En RoLink intentamos reunirlos todos, de la panadería a la iglesia, para que quien llegue hoy, con la maleta en la mano, encuentre antes un pedacito de casa.
Casa, en dos lugares
Pregunta a un rumano de España dónde está su casa y quizá se lo piense un momento. Casa es el pueblo donde nació, los padres que esperan en la puerta, el largo viaje a Rumanía cada verano. Pero casa también está aquí: el piso comprado con años de trabajo, los compañeros que se convirtieron en amigos, los hijos que sueñan en castellano y le contestan a la abuela en rumano.
Los rumanos de España han cargado en la misma maleta el trabajo, la dignidad y la añoranza, y no han dejado ninguna atrás. Llegaron como extranjeros y se quedaron como los vecinos con los que se puede contar. Han conservado de dónde vienen y han hecho mejor el lugar al que llegaron. Por eso, cuando les preguntas, cada vez más te responden sin dudar, con Rumanía en el corazón:
España es mi casa.
Fuentes: INE (Padrón, Censo Anual de Población, Estadística Continua de Población), BOE-A-2002-23465, CIDOB (Adriana Șuiu, 2019), Institutul Limbii Române, Biroul Electoral Central de Rumanía.